Aunque la informática ya no era nueva para mí, pues por aquel entonces tenía una empresa de distribución de juegos de ordenador, el mundo de la programación se me antojaba al alcance tan sólo de algunas mentes privilegiadas. En la empresa, Power Software, nos dedicábamos a comprar derechos de juegos extranjeros, a adaptarlos al castellano y a su comercialización por toda España. Aunque era el Director técnico, la parte de programación necesaria para dichas adaptaciones corría a cargo de dos empleados. Dos superlumbreras de 17 años.
Me había comprometido a hacerle el juego a mi hijo, ya que a su pregunta mi respuesta fue un rotundo, aunque precipitado, sí.
Empecé a informarme sobre los distintos lenguajes de programación y me pareció, ya que empezaba de cero, que entender el Basic me ayudaría. Pero pronto me di cuenta de que si quería programar un juego con cara y ojos, un juego jugable que corriese como es debido en cualquiera de las super máquinas que por aquellos tiempos copaban el mercado (Spectrum, Comodore, MSX, Amstrad), debía utilizar el código máquina. Es decir, programar en binario (ceros y unos): un lenguaje para locos o para volver loco al que no lo esté todavía. Por suerte, trabajar en Assembler facilitaba un poco la tarea.
Así pues, empecé a buscar información sobre el código máquina y la programación del procesador Z80, base de todos los que aquellos aparatejos llevaban. Me recorrí librerías y bibliotecas. Pero muy poco encontré. Parecía como si aquel lenguaje estuviese reservado y guardado para unos pocos. Los entresijos del código máquina y de la Z80 parecían un misterio que a nadie le interesase desvelar.
Por fin, en una de las bibliotecas a las que mi búsqueda me llevó, la bibliotecaria me dijo que podía mirar si algo existía y pedirlo. Así quedamos, y al mes pude tener en mis manos un libro que me pareció escrito en sánscrito.
Más cabezón yo que una mula vieja, me pasaba las horas entre bits y bytes y los sueños entre ceros y unos. Tardé un año en entender lo más básico. Pero cuando eso entendí, de pronto un nuevo mundo se abrió ante mis ojos. Un año después, mi hijo jugaba con su jueguecito.
Y ya que gracias a mi hijo había abierto una ventana a un mundo nuevo, me pareció oportuno explorarlo.
Lógicamente, por mi profesión en el mundo de la imagen, empecé a tocar las primeras versiones de programas como Photoshop, CorelDraw, Premiere. Mi pasión por la música me llevó a utilizar el mejor software de edición de sonido y composición musical (Cubase, Wavelab). Más tarde me metí de lleno en el diseño de páginas y sitios web (Dreamweaver), presentaciones multimedia (Multimedia builder), animaciones en flash (Flash y Swish) y en todo aquello que combina mis grandes pasiones: imagen, sonido, música, diseño.
Y en eso he andado sumergido estos últimos años.
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